Dear Sisters and Partners-in-Mission,

I greet you all in the grace and mercy of the precious Sacred Heart. It has been a full last quarter, with many meetings and much activity despite the August holiday period in the northern hemisphere. I hope you all had some time out to spend with your family and friends. This past quarter has seen certain parts of the world lowering Covid restrictions allowing life to normalize somewhat. Yet many countries remain in desperate situations, with only a small percentage of their population vaccinated. We think of all those who have suffered and continue to suffer a great loss during this time; you are in our prayers.

During the month of September, several Sisters and I had the privilege of attending a Conference on Migrants and Refugees where we were reminded that all of us are migrants in this world, here temporarily as stewards of relationships and our common home, but ultimately making our journey towards eternity. Migration today truly is a phenomenon that touches all the corners of the earth. In our world, there are more than 230 million persons living in countries not of their birth. Sadly, as we know, this migration is not always by choice, or always welcomed. The United Nations High Commission for Refugees estimates that more people are fleeing war, persecution and conflict than ever before, and human displacement is at its highest level in 70 years, with a record 70.8 million people around the world displaced, or having fled from their country. Their journeys are often extremely desperate, their health and psychosocial needs complex. I think of children growing up in camps for displaced people, a lack of access to education and the basics of water and sanitation impacting on their very identity, their wellbeing, and their futures.

During this Missionary month of October, I remember Mother Cabrini’s obedience to go ‘to the West’ where she tended to one of the greatest needs of her time, the mass migration of millions from Europe to the Americas. She lamented about what she saw when she arrived in the United States, the inhumane living conditions, spiritual poverty, and how the migrants were taken advantage of. In our day, the geographies where people have been forced to flee from include Venezuela, Syria, South Sudan, Haiti, and Afghanistan to name just a few. As Missionary Sisters and Missionaries of the Sacred Heart, our call is an active one, to “welcome, protect, promote, and integrate” our sisters and brothers in the countries they are seeking refuge in or passing through. This call is at the heart of our very being, our evangelization, and our interconnectedness. I embrace all of you in your quiet heroism, as you answer this cry in serving, supporting, and praying for others, often in difficult situations.

As I reflect on migration and mission, I am reminded of the Holy Family who fled to Egypt, and Jesus, in communion with us, who shares the experience of those who are migratory, and those without a home to call their own. All are being held in Him, all redeemed in Him, all of us equal in Him. The Holy Father has called us to unite in this, an ‘everwidening we’, committing ourselves, and encouraging others, to restore our human family. How we respond to this call, to the needs of the most vulnerable among us, echoes into eternity. May we be the instruments of a positive narrative about migration, and protagonists of helping God’s reign be on earth as it is in heaven.
Blessings on your missions and work this next quarter, and thank you for remaining steadfast in these very challenging times.

Yours in missionary love,

Sr. Barbara Staley, MSC, General Superior


Queridas Hermanas y Laicos corresponsables,

Saludo a todos en la gracia y la misericordia del precioso Sagrado Corazón. El último trimestre ha sido muy intenso, con muchas reuniones y gran actividad, a pesar de las vacaciones de agosto en el hemisferio norte. Espero que todos ustedes hayan tenido tiempo libre para disfrutar de su familia y amigos. A lo largo de este último trimestre, algunas partes del mundo han reducido las restricciones de CoVID, lo que ha permitido que la vida se normalizara un poco. Sin embargo, muchos países siguen en situaciones desesperadas, con sólo un pequeño porcentaje de su población vacunada. Recordamos a todos los que han sufrido y siguen sufriendo una gran pérdida durante este tiempo y que están en nuestras oraciones.

A lo largo del mes de septiembre, varias Hermanas y yo tuvimos el privilegio de asistir a una conferencia sobre Migrantes y Refugiados en la que nos recordaron que todos somos migrantes en este mundo, que estamos aquí temporalmente como administradores de las relaciones y de nuestra casa común, pero en definitiva estamos haciendo nuestro propio camino hacia la eternidad. La migración es hoy en día un fenómeno que afecta a todos los rincones de la tierra. En nuestro mundo, hay más de 230 millones de personas que viven en países que no son los de su nacimiento. Lamentablemente, como sabemos, esta migración no siempre es por elección, ni siempre es bienvenida. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados estima que hay más personas que huyen de la guerra, la persecución y el conflicto que nunca antes, y el desplazamiento humano está en su nivel más alto en 70 años, con un récord de 70,8 millones de personas en todo el mundo desplazadas, o que huyen de su país. Sus viajes son a menudo extremadamente desesperados, sus necesidades sanitarias y psicosociales complejas. Pienso en los niños que crecen en los campos de desplazados, en la falta de acceso a la educación y a los servicios básicos de agua y saneamiento, que afecta a su propia identidad, a su bienestar y a su futuro.

Al comenzar este mes misionero, recuerdo la obediencia de Madre Cabrini de ir “a Occidente” donde atendió una de las mayores necesidades de su tiempo, la migración masiva de millones de personas de Europa a las Américas. Ella se lamentó de lo que vio cuando llegó a los Estados Unidos, las condiciones de vida inhumanas, la pobreza espiritual y cómo se aprovechaban de los migrantes. En nuestros días, las áreas geográficas donde la gente se ha visto obligada a huir incluyen Venezuela, Siria, Sudán del Sur, Haití y Afganistán, por nombrar sólo algunas. Como Hermanas Misioneras y Misioneros/as del Sagrado Corazón, nuestra llamada es activa, para “acoger, proteger, promover e integrar” a nuestras hermanas y hermanos en los países donde buscan refugio o están de paso. Esta llamada está en el corazón de nuestro ser, de nuestra evangelización y de nuestra interconectividad. Quiero abrazar a todos ustedes en su heroísmo silencioso, al responder a este grito sirviendo, apoyando y rezando por los demás, a menudo en situaciones difíciles.

A medida que reflexiono sobre la migración y la misión, me acuerdo de la Sagrada Familia que huyó a Egipto, y de Jesús en comunión con nosotros, que comparte la experiencia de los que emigran, y de los que no tienen un hogar al que llamar propio. Todos somos acogidos en Él, todos somos redimidos en Él, todos somos iguales en Él. El Santo Padre nos ha llamado a unirnos en este “nosotros cada vez más grande”, comprometiéndonos, y animando a otros, a restablecer nuestra familia humana. La forma en que respondamos a esta llamada, a las necesidades de los más vulnerables entre nosotros, tendrá un eco en la eternidad. Que podamos ser instrumentos de una narrativa positiva sobre la migración, y protagonistas de ayudar a que el reino de Dios sea en la tierra como en el cielo.

Bendiciones para sus misiones y su trabajo en este próximo trimestre, y gracias por permanecer firmes en estos tiempos tan difíciles.

Con amor misionero,
Hna. Bárbara Staley, MSC, Superiora General


Carissime Sorelle e Collaboratori nella Missione,

Vi saluto tutti nella grazia e nella misericordia del prezioso Sacro Cuore. Questo ultimo trimestre è stato denso di incontri e attività nonostante il periodo di vacanza di agosto nell’emisfero settentrionale. Spero che abbiate potuto trascorrere un po’ di tempo libero con la vostra famiglia e i vostri amici. Nel corso dei tre mesi passati, alcune parti del mondo hanno ridotto le restrizioni di Covid, permettendo in qualche modo alla vita di ritornare alla normalità. Eppure, molti paesi restano ancora in situazioni disperate, con solo una piccola percentuale di popolazione vaccinata. Ricordiamo nelle nostre preghiere tutti coloro che hanno sofferto e continuano a soffrire per una grande perdita in questo periodo.

Nel mese di settembre, alcune suore ed io abbiamo potuto partecipare ad una conferenza su Migranti e Rifugiati dove ci è stato ribadito che siamo tutti migranti in questo mondo, momentaneamente amministratori di relazioni e della nostra casa comune, ma essenzialmente in cammino verso l’eternità. La migrazione oggi è veramente un fenomeno che tocca tutti gli angoli della terra. In questo mondo, ci sono più di 230 milioni di persone che vivono in paesi diversi da quello in cui sono nati. Purtroppo, come sappiamo, questa migrazione è un fenomeno non sempre volontario, né sempre ben accetto. L’Alto Commissariato delle Nazioni Unite per i Rifugiati stima che ci sono sempre più persone che fuggono da guerre, persecuzioni e conflitti, e lo spostamento umano è al livello più alto negli ultimi 70 anni, con un record di 70,8 milioni di persone sparse per il mondo, sfollate o fuggite dal loro paese. I loro viaggi sono spesso estremamente disperati, le loro esigenze sanitarie e psicosociali complesse. Penso ai bambini che crescono nei campi per gli sfollati, alla mancanza di accesso all’istruzione e alle necessità di base di acqua e servizi igienici che incidono sulla loro stessa identità, sul loro benessere e sul loro futuro.

Entrando in questo mese missionario, voglio ricordare l’atto di obbedienza di Madre Cabrini nell'”andare in Occidente”, per occuparsi di uno dei più grandi bisogni del suo tempo, la migrazione di massa di milioni di persone dall’Europa verso le Americhe. Si rammaricava per ciò che aveva visto al suo arrivo negli Stati Uniti, delle condizioni di vita disumane, della povertà spirituale e di come i migranti venivano sfruttati. Attualmente le zone geografiche da cui le popolazioni sono state costrette a fuggire comprendono il Venezuela, la Siria, il Sud Sudan, Haiti e l’Afghanistan, per citarne solo alcune. Come Missionarie e Missionarie del Sacro Cuore, la nostra è una chiamata attiva, per “accogliere, proteggere, promuovere e integrare” le nostre sorelle e i nostri fratelli nei paesi in cui cercano rifugio o in cui transitano. Questa chiamata è al centro del nostro stesso essere, della nostra evangelizzazione e della nostra interconnessione. Vi abbraccio tutti nel vostro silenzioso eroismo, mentre rispondete a questo appello servendo, sostenendo e pregando per gli altri, spesso in situazioni difficili.

Riflettendo sulla migrazione e sulla missione, mi viene in mente la Sacra Famiglia che fuggì in Egitto, e Gesù che condivide, in comunione con noi, l’esperienza di chi è migrante e di chi non ha una casa che possa considerare propria. Tutti in Lui, tutti redenti in Lui, tutti uguali in Lui. Il Santo Padre ci ha invitato ad unirci a questo, “NOI SEMPRE PIÙ GRANDE”, impegnandoci, e incoraggiando gli altri, a ricostruire la nostra famiglia umana. Il modo in cui rispondiamo a questa chiamata, ai bisogni dei più vulnerabili tra noi, riecheggi nell’eternità. Fa’ che possiamo essere gli strumenti di una narrazione positiva della migrazione, e protagonisti nell’ aiutare il regno di Dio ad essere sulla terra come in cielo.

Che Dio benedica le vostre missioni e il vostro lavoro nel prossimo trimestre, e grazie per la vostra costante perseveranza in questi tempi così difficili.

Con amore missionario,
Sr. Barbara Staley, MSC, Superiora Generale


Queridas Irmãs e Parceiros em Missão,

Saúdo-vos na graça e na misericórdia do Sagrado Coração de Jesus. Foi um último trimestre cheio, com muitas reuniões e diversas atividades, apesar de ser período de férias no hemisfério norte. Espero que todos tenham tido tempo para visitar suas famílias e amigos. No último trimestre, algumas regiões do mundo reduziram as restrições do COVID, permitindo que a vida, aos poucos se normalizasse. No entanto, muitos países permanecem em situações desesperadoras, com apenas uma pequena porcentagem de sua população vacinada. Mantemos em nossas orações todos aqueles que sofreram e continuam sofrendo grandes perdas durante este tempo de restrições.

Em setembro, muitas Irmãs dentre nós tivemos o privilégio de participar de uma conferência sobre Migrantes e Refugiados, cujos temas nos fizeram lembrar de que todos nós somos migrantes neste mundo, agindo temporariamente como administradores de relacionamentos e de nossa casa comum, mas no final, retornaremos todos para a eternidade. A migração hoje é realmente um fenômeno que atinge todos os cantos da terra. Em nosso mundo, existem mais de 230 milhões de pessoas vivendo em países que não são os seus de origem. Infelizmente, essa migração nem sempre é por escolha e quase sempre não é bem-vinda. O Alto Comissariado das Nações Unidas para Refugiados estima que mais do que nunca as pessoas estão fugindo da guerra, perseguição e conflito, e o deslocamento humano alcançou seu nível mais alto nos últimos 70 anos, com um recorde de 70,8 milhões de pessoas deslocadas ou em fuga de seus países em todo o mundo. Suas viagens costumam ser extremamente desesperadoras, enfrentando complexas necessidades de saúde física e psicossociais. Penso nas crianças que crescem nos campos de refugiados, na falta de acesso à educação e aos princípios básicos de água e saneamento, afetando sua própria identidade, seu bem-estar e seu futuro.

Ao iniciarmos este mês missionário, lembro-me da obediência de Madre Cabrini em ir “para o Ocidente”, onde atendia a uma das maiores necessidades de seu tempo, a migração em massa de milhões de europeus para as Américas. Ela lamentou sobre o que viu quando chegou aos Estados Unidos, as condições desumanas de vida, a pobreza espiritual e como os migrantes eram explorados. Em nossos dias, as geografias de onde as pessoas foram forçadas a fugir incluem a Venezuela, Síria, Sudão do Sul, Haiti e Afeganistão, para citar apenas alguns. Como Irmãs Missionárias do Sagrado Coração, nosso chamado é ativo para “acolher, proteger, promover e integrar” nossas irmãs e irmãos nos países onde buscam refúgio ou de passagem. Este apelo está no centro do nosso ser, da nossa evangelização e da nossa interconexão. Eu abraço todos vocês em seu heroísmo silencioso, enquanto respondem a este grito servindo, apoiando e rezando pelos outros, muitas vezes em situações difíceis.

Ao refletir sobre a migração e a nossa missão, lembro-me da Sagrada Família que fugiu para o Egito e de Jesus em comunhão conosco, que compartilha a experiência dos migrantes e dos que não têm casa para chamar de lar. Todos sendo mantidos Nele, todos redimidos Nele, todos nós iguais Nele. O Santo Padre nos chamou para nos unirmos um “nós cada vez mais amplo”, comprometendo-nos e encorajando-nos a restaurar nossa família humana. A maneira como respondemos a este chamado, às necessidades dos mais vulneráveis entre nós, ecoa pela eternidade. Que sejamos instrumentos de uma narrativa positiva sobre a migração e protagonistas em concretizar o reino de Deus na terra como o é céu.

Bênçãos em suas missões e trabalho neste próximo trimestre e obrigado por permanecerem firmes nestes tempos tão desafiadores.

Unidas no amor missionário,
Ir. Barbara Staley, MSC, Superiora Geral

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