The identity of the Catholic school finds some fundamental factors in these three terms. Far from being considered a limit, they are instead solid guidelines that must always inspire all educational action, precisely in terms of that Christian vision of reality characterizing us.

The Italian word “insegnare” (to teach) derives from the Latin: insignare. This term is in turn composed of the prefix in combined with the Latin verb signare which means to imprint, to leave a mark on someone. The verb itself, in turn, has an etymology linked to the noun signum, meaning “sign, brand, seal” or even “flag, banner”. So, by extension, it may indicate a belonging.

With this starting point, it is clear that the teacher’s work cannot be limited to merely conveying some notions, imparting knowledge as an end in itself. Instead, it should be expressed in a much deeper way, which goes far beyond the study, and be configured as a real modus operandi capable of approaching reality, both external and internal, autonomously and objectively. This implies knowing the human nature we have received as a gift to be discovered, instead of something to be invented in an impromptu manner. In other words, it is a question of leaving that mark in the conscience, a mark that can awaken all the beauty, goodness, hope and truth contained in our hearts.

This allows us to consider teaching not only as an action aimed at filling a void but also as a real educational action. Education, therefore, or the will and ability to ex ducere, that is, to bring out those qualities and originality that identify every single person entrusted to us and that are already in each one of them, like a seed that just awaits the water to germinate. “Do not go outside yourself, but enter into yourself, for truth dwells in the interior self”: Saint Augustine reminds us this. If teaching is closely related to educating, that is, drawing out what someone has in his heart, then, thanks to Augustine too, we can deduce that education not only is closely related to evangelization but it constitutes an important foundation for it, although both remain perfectly distinct, each one in its own sphere.

To draw an analogy, we can rely on the image of a child who is born when the fetus in his mother’s womb is fully formed, thus he is ready to face the external environment he will have to live in. In the same way, man has to be sufficiently formed, or educated, in order to be able to receive in a productive way the evangelization that Christ Himself commanded us and which will allow him to fully live the divine life we have all been called to.

Consequently, the teacher’s work, often forgotten and poorly evaluated, turns out to be a responsibility of critical importance, all the more so in a school which defines itself as Catholic and has the proclamation of the Gospel as its goal, the educational requirement as a method, the educational institute as a specific vital environment and the pupils’ reality and context of life as key players.

This fundamental relationship between teaching, educating and evangelizing constitutes, in my humble opinion, a fundamental value for anyone who wants to roll up his sleeves in the Catholic school and does not want to forget the very nature of who we are and where we are headed.

In this regard, I would like to close this brief consideration by adding a few words spoken by the then Cardinal Ratzinger during a homily held in Krakow on September 13, 1980, on the occasion of the visit of a delegation from the German Bishops’ Conference to the Polish Episcopate. These words remind us of the importance of the Incarnation of Christ and can be an incentive for us as Catholic school teachers, so as not to forget human nature and its entailments in our profession: “Whoever errs about what mankind is, attacks God Himself. The profound respect for human dignity and the attention to the human rights of every single man are fruits of the faith in the Incarnation of God. For this reason, faith in Jesus Christ constitutes the foundation of every real progress. Whoever renounces his faith in Jesus Christ for the sake of an alleged greater progress, renounces the foundation of human dignity.”. (taken from Klerusblatt n. 60 – 1980, p. 250).

Alessandro Mellozzini

Dean of Istituto Santa Francesca Saverio Cabrini, Rome


ENSEÑAR, EDUCAR, EVANGELIZAR, UNA RELACIÓN FUNDAMENTAL PARA LA ESCUELA CATÓLICA

La identidad de la Escuela Católica encuentra en estos tres términos los factores constitutivos esenciales que, lejos de ser considerados como una limitación, son, en cambio, sólidas directrices que deben inspirar siempre toda la acción educativa, precisamente en atención a la visión cristiana de la realidad que nos caracteriza. 

La palabra italiana “insegnare” procede del latín: insignare. Este término se compone a su vez del prefijo in asociado al verbo latino signare que significa imprimir un signo, dejar una huella en la mente. El mismo verbo, a su vez, tiene una etimología que se remonta al sustantivo signum, con el significado de “señal, marca, sello” o incluso “bandera, estandarte” por lo que, por extensión, puede indicar pertenencia.

Con esta premisa, queda claro que las tareas del profesor no pueden limitarse a la mera transmisión de nociones, a una simple transmisión de conocimientos como fin en sí mismos, sino que deben expresarse de una forma mucho más profunda, que va mucho más allá del estudio, y se configura como un verdadero modus operandi capaz de acercarse a la realidad, tanto exterior como interior, de forma autónoma y objetiva, lo que implica el conocimiento de la naturaleza humana, que se nos da como un don a descubrir y no como algo a inventar extemporáneamente. En otras palabras, se trata de imprimir en las conciencias ese signo que puede despertar en los corazones todo su contenido de belleza, bondad, esperanza y verdad.

Esto nos permite considerar la enseñanza no sólo como una acción destinada a llenar un vacío, sino como una verdadera acción educativa. La educación, por tanto, o más bien la voluntad y la capacidad de ex ducere, es decir, de hacer aflorar esas cualidades y esa originalidad que caracterizan a cada persona que se nos confía, pero que ya está contenida en ella como una semilla que sólo espera el agua para germinar.  “No vayas fuera, ve dentro de ti: es en la interioridad del hombre donde habita la verdad”: esto nos recuerda a San Agustín. Si, pues, el acto de enseñar está estrechamente relacionado con el de educar, es decir, sacar lo que hay en el corazón, entonces, gracias también a Agustín, podemos concluir que la educación no sólo está estrechamente relacionada con la evangelización, sino que es un importante fundamento de la misma, aunque ambas sigan siendo perfectamente distintas en sus propios ámbitos.

Para hacer una analogía podemos apoyarnos en la imagen del niño que nace cuando el feto en el seno materno está plenamente formado y, por tanto, está preparado para afrontar el ambiente exterior en el que tendrá que vivir, así es necesario que el hombre esté suficientemente formado, es decir, educado, para poder recibir con fruto esa evangelización que el mismo Cristo nos mandó y que le permitirá vivir plenamente esa vida divina a la que todos hemos sido llamados.

Por lo tanto, el trabajo del profesor, a menudo olvidado y mal evaluado, resulta ser una responsabilidad de suma importancia. Y más aún en una escuela que, al definirse como católica, pone el anuncio del Evangelio cómo meta, la exigencia educativa como método, la escuela como entorno vital específico y la realidad de los alumnos y su contexto de vida como protagonistas.

Esta relación fundamental entre la enseñanza, la educación y la evangelización es, en mi humilde opinión, un valor indispensable para quien quiera arremangarse en la escuela católica y no olvidar la naturaleza misma de lo que somos y hacia dónde nos dirigimos.

Al respecto, me gustaría cerrar esta breve reflexión añadiendo unas palabras pronunciadas por el entonces Card. Ratzinger durante una homilía pronunciada en Cracovia el 13 de septiembre de 1980 con motivo de la visita de una delegación de la Conferencia Episcopal Alemana al episcopado polaco. Estas palabras, que nos recuerdan la importancia de la Encarnación de Cristo, pueden ser también un estímulo para que los profesores de la escuela católica no olvidemos la naturaleza humana y sus implicaciones en nuestra profesión: “Quien se equivoca en lo que es el hombre, ataca a Dios mismo. El profundo respeto por la dignidad del hombre y la atención a los derechos humanos de cada uno de los hombres son los frutos de la fe en la Encarnación de Dios. Por eso la fe en Jesucristo es el fundamento de todo progreso real. Quien renuncia a la fe en Jesucristo en beneficio de un supuesto mayor progreso, renuncia al fundamento de la dignidad humana” (del Klerusblatt nº 60 – 1980, p. 250).

Alessandro Mellozzini

Director de la Escuela Santa Francesca S. Cabrini, Roma


INSEGNARE, EDUCARE, EVANGELIZZARE, UNA RELAZIONE FONDAMENTALE PER LA SCUOLA CATTOLICA

L’identità della Scuola cattolica trova in questi tre termini dei fattori costitutivi irrinunciabili che lungi dall’essere considerati un limite sono invece delle solide linee guida che devono sempre ispirare tutta l’azione educativa, proprio in considerazione di quella visione cristiana della realtà che ci caratterizza. 

La parola italiana “insegnare” deriva dal latino: insignare. Questo termine è a sua volta composto dal prefisso in unito al verbo latino signare che significa imprimere un segno, lasciare una traccia nella mente. Lo stesso verbo, a sua volta, ha una etimologia riconducibile al sostantivo signum, con il significato di “segno, marchio, sigillo” o anche “bandiera, stendardo” quindi, per estensione, può indicare un’appartenenza.

Con questo dato iniziale viene da se che il lavoro dell’insegnante non può limitarsi ad un mero trapasso delle nozioni, una semplice trasmissione del sapere fine a se stesso, ma dovrebbe esprimersi in una maniera molto più profonda, che vada ben oltre lo studio, e si configuri come un vero modus operandi in grado di approcciare la realtà, sia esteriore che interiore, autonomamente ed oggettivamente, il che implica la conoscenza della natura umana che ci è data come un dono da scoprire e non qualcosa da inventare estemporaneamente. Si tratta in altre parole di imprimere nelle coscienze quel segno che possa risvegliare nei cuori tutto il loro contenuto di bellezza, di bontà, di speranza e di verità.

Questo ci permette di considerare l’insegnamento non solo come una azione mirata a riempire un vuoto ma una vera e propria azione educativa. Educazione dunque, ovvero volontà e capacità di ex ducere, cioè far emergere quelle qualità e quell’originalità che caratterizza ogni singola persona che ci viene affidata, ma è già contenuta in essa come un seme che attende solo l’acqua per germogliare.  “Non uscir fuori, rientra in te stesso: è nell’interiorità dell’uomo che abita la verità”: questo ci ricorda Sant’Agostino. Se allora l’atto dell’insegnare è in stretta relazione con quello di educare, cioè trarre fuori da ciò che si ha nel cuore, ecco che allora, grazie anche ad Agostino, si può concludere che l’educazione non solo è in stretta relazione con l’evangelizzazione ma ne costituisce un’importante fondamento, pur restando entrambe perfettamente distinte ciascuna nel suo ambito.

Per fare un’analogia possiamo affidarci all’immagine del bambino che nasce quando il feto nell’utero materno si è completamente formato ed è quindi pronto per affrontare l’ambiente esterno in cui dovrà vivere, così è necessario che l’uomo sia sufficientemente formato, cioè educato, per poter ricevere in maniera fruttuosa quell’evangelizzazione che Cristo stesso ci ha comandato e che gli permetterà di vivere in pienezza quella vita divina per la quale tutti siamo stati chiamati.

Il lavoro dell’insegnante, quindi, spesso dimenticato e malamente valutato, si rivela di conseguenza una responsabilità di capitale importanza. E ciò tanto più in una scuola che, definendosi cattolica, pone davanti a se l’annunzio del Vangelo come fine, l’istanza educativa come metodo, l’istituto scolastico come ambiente vitale specifico e la realtà degli alunni e del loro contesto di vita come soggetti protagonisti.

Questa relazione fondamentale tra insegnamento, educazione ed evangelizzazione costituisce, a mio modesto avviso, un valore irrinunciabile per chiunque voglia rimboccarsi le maniche nella scuola cattolica e non voglia dimenticare la natura stessa di chi siamo e verso dove siamo diretti.

A questo proposito vorrei chiudere questa breve riflessione aggiungendo alcune parole pronunziate dall’allora card. Ratzinger durante una omelia tenuta a Cracovia il 13 settembre 1980 in occasione della visita di una delegazione della Conferenza Episcopale tedesca all’Episcopato polacco. Queste parole ricordandoci l’importanza dell’Incarnazione di Cristo possono essere di stimolo anche per noi docenti di scuola cattolica, per non dimenticare la natura umana e le sue implicazioni nell’ambito della nostra professione: “Chi erra su cos’è l’uomo, attacca Dio stesso. Il profondo rispetto per la dignità dell’uomo e l’attenzione ai diritti umani di ogni singolo uomo sono i frutti della fede nell’Incarnazione di Dio. Per questo la fede in Gesù Cristo costituisce il fondamento di ogni reale progresso. Chi rinuncia alla fede in Gesù Cristo per amore di un presunto maggior progresso rinuncia al fondamento della dignità dell’uomo” (tratto da Klerusblatt n. 60 – 1980, pag. 250).

Alessandro Mellozzini

Preside della Scuola S. Francesca S. Cabrini, Roma


ENSINAR, EDUCAR, EVANGELIZAR, UMA RELAZÇÃO FUNDAMENTAL PARA A E SCOLA CATÓLICA

A identidade da Escola Católica encontra nestes três termos alguns elementos constitutivos indispensáveis ​​que, longe de serem considerados um limite, são ao contrário, orientações sólidas que devem inspirar sempre toda a ação educativa, precisamente em consideração à visão cristã da realidade que a caracteriza.

 A palavra italiana insegnare vem do latim: insignare. Este termo, por sua vez, é composto do prefixo ‘in’ combinado com o verbo latino signare, que significa imprimir um sinal, deixar uma marca na mente. O próprio verbo, por sua vez, possui uma etimologia atribuível ao substantivo signum, com o significado de “sinal, marca, selo” ou ainda “bandeira, estandarte”, podendo, portanto, indicar um pertencimento.

 Com essa introdução, conclui-se que o trabalho do professor não pode se limitar a uma mera passagem de noções, a uma simples transmissão do conhecimento como um fim em si, mas deve ser expresso de uma forma muito mais profunda, que vai muito além do estudo, e configura-se como um verdadeiro modus operandi capaz de abordar a realidade, externa e interna, de forma autônoma e objetiva, o que implica o conhecimento da natureza humana que nos é dado como um presente a ser descoberto e não algo a ser inventado extemporaneamente. Ou seja, trata-se de imprimir na consciência aquele sinal capaz de  despertar nos corações todo o seu conteúdo de beleza, bondade, esperança e verdade.

Isso nos permite considerar o ensino não apenas como uma ação voltada para o preenchimento de uma lacuna, mas como uma ação educativa real. A educação, portanto, ou a vontade e a capacidade do ex-ducere, ou seja, fazer emergir as qualidades e a originalidade que caracterizam cada pessoa que nos foi confiada e que já traz em si uma semente que espera apenas a água para germinar. “Não fora de si, dentro no âmago da pessoa: é na interioridade do ser humano que mora a verdade”: isto nos lembra Santo Agostinho. Se então o ato de ensinar está intimamente relacionado com o de educar, isto é, extrair do que se tem no coração, então, graças também a Agostinho, pode-se concluir que a educação está intimamente relacionada com a evangelização e constitui um fundamento importante para ela, embora ambas permaneçam perfeitamente distintas no âmbito de cada uma.

Fazendo uma analogia podemos usar a imagem da criança que só nasce quando o feto no ventre materno está totalmente formado e, portanto, pronto para enfrentar o ambiente externo em que deverá viver; da mesma forma é necessário que o ser humano esteja suficientemente formado, isto é, educado, para poder acolher fecundamente a evangelização que o próprio Cristo nos enviou a fazer e que lhe permitirá viver plenamente a dimensão divina à qual fomos chamados.

O trabalho do professor, portanto, muitas vezes esquecido e mal avaliado, acaba sendo uma responsabilidade de capital importância. E isso tanto mais numa escola que, definindo-se católica, coloca diante de si o anúncio do Evangelho como meta, a exigência educativa como método, a escola como meio de vida específico e a realidade dos alunos e seu contexto de vida, como protagonistas.

Esta relação fundamental entre ensino, educação e evangelização constitui, na minha humilde opinião, um valor indispensável para quem quer arregaçar as mangas na escola católica e não quer esquecer a própria natureza de quem somos e para onde estamos nos dirigindo.

A este respeito, gostaria de encerrar esta breve reflexão acrescentando algumas palavras ditas pelo então Cardeal Ratzinger durante a homilia realizada em Cracóvia, em 13 de setembro de 1980, por ocasião da visita de uma delegação da Conferência Episcopal Alemã ao Episcopado Polonês. Estas palavras, que nos recordam a importância da Encarnação de Cristo, podem ser também um estímulo para nós, professores católicos, a não esquecermos a natureza humana e as suas implicações na nossa profissão: «Quem se engana sobre o que é o ser humano, ataca o próprio Deus. O profundo respeito à dignidade da pessoa  humana e a atenção aos direitos humanos de cada uma são frutos da fé na Encarnação de Deus, por isso a fé em Jesus Cristo constitui o fundamento de todo o progresso real. Quem renuncia à fé em Jesus Cristo em nome de um alegado progresso maior, renuncia ao fundamento da dignidade humana ”(retirado de Klerusblatt n. 60 – 1980, p. 250).

Alessandro Mellozzini

Diretor da Escola S. Francisca X. Cabrini, Roma

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