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04 julio 2026

Acercándonos a los 80 años de la canonización de Francisca Cabrini - 7

Acercándonos a los 80 años de la canonización de Francisca Cabrini - 7

La homilía del Papa Pío XII con motivo de la canonización de Francisca Cabrini, el 7 de julio de 1946

IN SOLLEMNI CANONIZATIONE

BEATAE FRANCISCAE XAVERIAE CABRINI, VIRGINIS,
IN BASILICA VATICANA PERACTA

HOMILIA SANCTISSIMI DOMINI NOSTRI PIO PP. XII

Die VII mensis Iulii, Anno Domini MDCCCCXXXXVI 

(EN LA SOLEMNE CANONIZACIÓN DE LA BEATA FRANCISCA JAVIER CABRINI, VIRGEN, CELEBRADA EN LA BASÍLICA VATICANA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD PÍO XII

7 de julio de 1946)

 

Venerables hermanos, queridos hijos,

Las glorias, las hazañas y las obras que genera la santidad cristiana son tales que, con el paso de los años, mientras los acontecimientos humanos se suceden y todos se debilitan gradualmente, se desmoronan y caen en ruinas, no solo perseveran en su grado, sino que a veces son impulsadas maravillosamente a la vida activa, de modo que, al igual que “el grano de mostaza, que […] es la más pequeña de todas las semillas […] cuando se siembra, crece y se hace más grande que todas las hierbas” (Marcos 4, 31-32), puedan crecer cada día e invadir el mundo entero. Lo cual, aunque siempre es un placer ver en los anales de la Iglesia, se contempla con mayor agrado en nuestra época, cuando quizá nunca los hombres han tenido más necesidad del esplendor y de los frutos de la santidad.”

Recordamos estas cosas con gran consuelo, ahora que, por la gracia de Dios, se nos ha concedido honrar a la Beata Virgen Francisca Javier Cabrini con los honores de los santos. Ella era, en efecto, una humilde virgen, que no se distinguía ni por el nombre, ni por la riqueza, ni por el poder, sino por la virtud. Desde su más tierna infancia conservó el blanco lirio de la inocencia, custodiado con el máximo cuidado por las espinas de la penitencia; y con el paso de los años, movida por un cierto instinto e inspiración celestiales, consagró su persona y todo el curso de su vida al servicio divino y al aumento de la gloria divina. Y como estaba dotada de una singular fortaleza de ánimo, aunque de cuerpo muy frágil, cuando conoció la voluntad de Dios respecto a sí misma, no escatimó ningún esfuerzo para tratar de llevarla a cabo por todos los medios, por muy ardua que pudiera parecer la tarea y aun cuando superase las fuerzas de una mujer. Y así, con la ayuda de la gracia, sucedió que la institución de las santas vírgenes que ella fundó en humildes orígenes se extendió, en poco tiempo, por toda Italia, los Estados Unidos de América y muchas otras partes del mundo.

Acogió a la juventud, que a veces se extravía del recto camino, como en un puerto seguro, y la educó con rectitud y justicia; apaciguó sus ánimos, reavivó su esperanza del paraíso y los impulsó y sostuvo en la renovación de una vida buena y recta. A quienes, débiles en el cuerpo o aquejados por enfermedades, yacían en los hospitales, no solo los confortó, sino que los atendió y socorrió por todos los medios posibles. Y, sobre todo, a aquellos que, habiendo abandonado la casa paterna, vagaban como desterrados por tierras extranjeras y que, en la mayoría de los casos, abandonados de todos, no solo llevaban una vida miserable y necesitada, sino que además ponían, lamentablemente, en peligro su virtud cristiana y la fe católica, ella les ofreció una mano amiga, un refugio oportuno, consuelo y ayuda.

Pero ¿de dónde, venerables hermanos y amados hijos, sacaba esta humilde virgen la fuerza, de dónde sacaba la inquebrantable fortaleza de ánimo, gracias a la cual era capaz de soportar tantas fatigas y superar tantas dificultades relacionadas con las cosas, los viajes y las personas? ¿De dónde le venía la fuerza —a pesar de estar agobiada por innumerables preocupaciones— para seguir siempre adelante hacia la meta fijada, serena y confiada, y para no dejarse nunca abatir por el miedo ante los peligros o por los torbellinos de una vida tumultuosa?

Gracias a la virtud de la fe, que sin duda resplandecía siempre luminosa en su mente; gracias a la caridad divina de la que ardía; y gracias a su incansable devoción a la oración, mediante la cual, íntimamente unida a Dios, pedía humildemente y obtenía siempre de Él lo que la fragilidad humana no podía alcanzar. Mientras se veía acosada por preocupaciones casi innumerables y distraída por las vicisitudes de la vida, su mente estaba fija en esta única cosa —de la que no podía apartarse de ninguna manera— y su voluntad estaba firmemente decidida. En Dios, en efecto, a quien ella amaba por encima de todo, y por cuya gloria creciente nada le parecía fatigoso, nada arduo, nada más allá de las fuerzas humanas, sostenida por la gracia celestial.

Sin embargo, en toda su conducta su rostro resplandecía de tal serenidad celestial y luz divina que las santas vírgenes que la seguían, como a una madre y maestra que impartía la ley, se sentían dulcemente atraídas a imitar diligentemente sus sagrados ejemplos de vida. Tanto es así que podía hacer suyas las exhortaciones y advertencias del Apóstol de los Gentiles: “Imitadme, como yo imito a Cristo” (1 Cor. 4,16; 2,1).

Pero no solo las vírgenes consagradas, sino todos tienen motivos para admirar e imitar las virtudes de Francisca Javier Cabrini. Y puesto que en nuestra época son demasiados los que se dejan arrastrar con demasiada facilidad por un impulso desenfrenado y desordenado hacia las cosas exteriores, que aprendan de ella, en particular, que los bienes interiores del alma deben tenerse en mayor consideración, y que todas las cosas deben estar orientadas a la gloria de Dios y a la salvación de las almas para la eternidad.

Que aprendan también de ella —que no solo amó su tierra natal con amor ardiente, sino que derramó incansablemente los frutos de su caridad y de su celo en tierras extranjeras— que todas las naciones y todos los pueblos deben formar una única familia; que no debe ser desgarrada por una oscura y turbulenta animosidad, ni disuelta por una eterna enemistad a causa de los agravios sufridos, sino que debe estar unida por ese amor fraternal que debe brotar de los preceptos de Jesucristo y de su divino ejemplo. Que ella pueda obtener esto del “Príncipe de la Paz” (cf. Is 9, 6) y nuestro Padre común, esta santa virgen, para que, extinguido finalmente el odio y con las mentes pacificadas, los asuntos privados y públicos no sean ya trastornados por la desmedida búsqueda del interés personal, sino regulados con justicia y equidad, de modo que la paz de un auténtico orden —del que pueda brotar una prosperidad común y siempre creciente— sonría a la fraternidad humana. Amén.

 

 

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