01 julio 2026
A punto de cumplirse 80 años de la canonización de Francesca Cabrini - 6
Discurso de Pío XII sobre Santa Francisca Cabrini, 9 de julio de 1946
Una heroína de los tiempos modernos
1. Una admirable epopeya de luchas y de victorias espirituales puede llamarse, queridas hijas Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, la trayectoria terrena de vuestra Madre Francisca Javier Cabrini, imagen de la mujer fuerte, conquistadora, que recorrió el mundo con pasos audaces y heroicos a lo largo de su vida mortal, y ahora exaltada al más alto esplendor de la gloria de los Santos aquí abajo, donde a nuestros ojos no les es dado ni imaginar ni comprender el resplandor de los bienaventurados en la morada del cielo. La vemos, a esta heroína de los tiempos modernos, aparecer entre nosotros, surgir como una estrella de un humilde pueblo lombardo, elevarse en su luz y cruzar los océanos, esparciendo por doquier el calor de sus rayos y suscitando a su alrededor la admiración de los pueblos. Cuando Dios hace resplandecer sobre el mundo los fulgores de las gestas de los santos, escoge algunas almas ricamente dotadas por la naturaleza, santamente ardientes y no temerosas de la grandeza de la misión a la que las destina; o mejor dicho —porque esto sería hablar a la manera humana—, Él mismo, en el misterio de los designios de su Providencia, derramando sobre ellas abundantemente los dones de la naturaleza y de la gracia, las prepara, las forma, las guía, las ilumina, las conforta y las sostiene para hacerlas ministras y colaboradoras de sus vastos designios. Contemplad el maravilloso ardor de naturaleza y gracia puesto por Dios en aquel que debía ser el Apóstol y el Doctor de las gentes, y que tanto trabajó y se esforzó en la difusión del Evangelio. Mirad al otro Apóstol, el Javier, a quien vuestra Madre eligió como patrón, asumiendo y haciendo suyo su nombre, porque le parecía ver y encontrar en él el modelo ideal de su vida. Pero concentrad luego vuestra mirada en ella misma: ¡qué altura y fuerza de ánimo! ¡qué elevación y comprensión de pensamientos! ¡qué sed insaciable de conquistas! ¡qué riqueza y qué generosidad desmesurada de amor hacia todas las necesidades de la humanidad! ¿Qué hacemos al afirmar este concurso y esta cooperación de los valores humanos y de las aspiraciones de la criatura con la acción y la obra omnipotente del Creador? ¿Acaso contradecimos la gran disposición de la mente divina, que suele elegir lo débil del mundo para confundir a lo fuerte (cf. 1 Cor. 1, 27)? No; porque lo débil y lo enfermo del mundo se transforma y se fortalece bajo la mano de Dios, que a veces lo oculta, para finalmente trabajarlo, mejorarlo y vigorizarlo. Así sucede que los dones, que Él ha escondido en sus elegidos, el Señor parece a veces hacerlos infructuosos, y casi arruinados y perdidos; ese fuego, antes encendido en su corazón, pareciera querer extinguirlo, privándolo de todo alimento. ¿Pero no veis que Aquel que ha dotado al grano de trigo de su fecundidad, primero lo entierra bajo tierra, lo deja allí casi morir, para que luego brote y reviva en fructíferas espigas doradas? Incluso un hermoso bloque de mármol, aunque en bruto, elegido por su finura y por la belleza de su veteado, el artista, tras haberlo cortado, esculpido, aparentemente mutilado, lo coloca en la cúspide del templo como su noble adorno.
No muy diferente es la historia de Francisca Javier Cabrini.
Transformaciones espirituales
2. Fuerte y suave es la obra del Señor al formar a sus santos y hacer que sus almas se conformen más que nunca a la imagen de su Hijo (cf. Rom. 8, 29), encarnado para nuestra salvación, que no desdeñó los sufrimientos y las penurias humanas desde su infancia; pasando de la gruta de Belén a Egipto, de Egipto al escondimiento en el taller de Nazaret, sin dejar de pensar en las cosas de su Padre celestial, en las que convenía que él estuviera (cf. Lc 2, 49). Esa vida oculta de Cristo no era una renuncia ni un retraso de su obra como Maestro de la verdad y de la santidad para toda la humanidad: en la humildad y en el ejemplo de trabajo de sus primeros años era un Maestro silencioso, no menos grande y divino. En Él tenía fija la mirada la joven Francisca Cabrini; y en los albores de sus aspiraciones devotas, menos generosa y menos humilde, habría gritado en voz alta su decepción, pero no dudó en someterse de todo corazón, con todo el ímpetu de su naturaleza vivaz, hasta tal punto que, mientras todo lo que era de ella parecía desmoronarse poco a poco, todo lo que en ella era de Dios se purificaba, se desarrollaba, crecía y, fortaleciéndose, predominaba.
En su carácter espontáneo y afectuoso, poco sería decir que la muerte prematura de sus padres abría su alma a una mayor ternura en medio de sus seres queridos; es necesario añadir, sin embargo, que su espíritu y su naturaleza fueron modelados y plasmados por el corazón sin duda amoroso, pero al mismo tiempo por las manos firmes y austeras de su hermana Rosa. Su mirada se extiende más allá de la casa paterna, hacia el mundo: sueña con una vida religiosa de fervor místico y un apostolado de amplios horizontes; pero a la muchacha, demasiado frágil, le queda vedada la Congregación que mejor habría correspondido a sus aspiraciones, pues estaba dedicada por completo al Corazón de Jesús, apasionadamente amado. En cambio, conviene que entre en un Instituto de espíritu estrecho, de corazón frío, sin orden, sin unión, sin caridad: al adaptarse a él, se muestra admirablemente dotada para gobernar y heroicamente dispuesta a obedecer, hasta el punto de que la obediencia la coloca al frente de aquella extraña comunidad, como superiora tiranizada y tratada como intrusa. En tal condición de vida transcurrirá toda su formación religiosa; pero de este noviciado inverosímil, bajo la mano de ese Dios que transforma, perfecciona, asimila a sí mismo y, con su gracia, sublima las almas según su benigno designio, veréis salir a la “pequeña mujer” de carácter fuertemente templado. ¡Qué transformación espiritual! Ella, que no sabía más que obedecer, rezar y callar, escuchando lo que decían sus compañeras desde el rincón en el que se encontraba trabajando; que no se atrevía a levantar los ojos del suelo por temor a faltar a la modestia; comprendió un día que debía mantener los ojos bien abiertos por el buen funcionamiento del Instituto; y desde entonces ya nada tuvo el poder de intimidarla o de hacer tambalear sus propósitos.
De hecho, ¿qué cosa o quién podrá hacerla retroceder un paso en el camino que ha emprendido? Audacia y valor, previsión y vigilancia, prudencia y constancia la hacen inquebrantable en toda prueba. Contra ella no bastan para detenerla en su avance ni las autoridades más venerables, a cuyos rechazos ella opone imperturbablemente la misión o el beneplácito recibido de la Santa Sede; ni los poderes civiles, que se rinden ante ella; ni los hombres de ley, a quienes planta cara y de quienes desbarata las argucias con la precisión de sus contratos y la firmeza de sus reivindicaciones; ni los maestros del arte y de los oficios, arquitectos, ingenieros, empresarios y obreros, a quienes dirige y a quienes a veces le ocurre sustituir. Las dificultades económicas no la detienen ni merman su audacia. La desconfianza en sí misma se convierte en su corazón en una inmensa confianza en Dios, apoyándose en la cual, sin otros medios, compra, amuebla y acondiciona hospitales, colegios, casas de obras, hostales, palacios y castillos. En la expansión de su ardor por el bien ajeno, ¿acaso no dudó ella, con unos míseros fondos, en emprender valientemente la creación de una escuela popular para cientos y cientos de niños?
Ni siquiera los elementos inestables de la naturaleza atemorizaban a Francisca: ella, que al recordar un incidente ocurrídole en su infancia, temblaba al encontrarse con un riachuelo; ella, que, ligada por tradiciones familiares a su pueblo lombardo, no habría soportado sin un doloroso esfuerzo perder de vista la cima del campanario de su S. Angelo natal. Pero la gracia y la vocación divina vencen en ella todo temor y toda separación: he aquí que, imperturbable, cruza diecinueve veces el océano, bordea dos veces las costas del Pacífico, tres veces las del Atlántico en medio del furor de terribles tormentas, y, sin temer los tumultos de un mar embravecido, sobre cuyas olas flotan los restos de navíos naufragados, canta las grandezas de Dios en sus obras. La veis recorrer y surcar en todas direcciones los dos hemisferios del globo; atravesar la Cordillera de los Andes, y allí, en una empinada subida cuyo peligro hacía temblar incluso a los guías, la veis experimentar en su naturaleza el primer desvanecimiento, pero sin llegar a desmayarse más que unos instantes después de haber superado ese difícil tramo. 
Poderosa fue en ella la obra de la gracia, que la hizo más que mujer, y en los acontecimientos providenciales de su vida tan laboriosa quiso como recordar y renovar el recuerdo del apóstol Pablo, de sus naufragios, de sus innumerables viajes, con los peligros de las olas, los peligros de los asesinos, los peligros de los gentiles, los peligros en las ciudades, los peligros en los desiertos, los peligros en el mar, con las fatigas y las penas, el hambre y la sed, el frío y el calor, por no hablar de los cuidados cotidianos de sus numerosas familias y comunidades (cf. 2 Cor. 2, 23-28).
Apostolado prodigioso
3. En la sucesión de tantos acontecimientos y empresas multiformes de su vida, Francisca sintió la fuerza de las transformaciones, que de su carácter y de su temperamento iba haciendo el cincel de Dios en el duro mármol de su persona, para poner de relieve todas las virtudes y riquezas espirituales; transformaciones que penetraban en lo más íntimo de ella y de sus aspiraciones para cambiar también su ideal, martillado y variado según el designio divino con el cincel de las contradicciones. Y, sin embargo, su ideal era bello y generoso: ¡ser la misionera del Corazón de Jesús entre los pueblos de China! Pero ante los obstáculos ese ideal no se desvanecerá; se cumplirá, se volverá más bello y resplandeciente, más amplio y poderoso, sin parangón, de lo que había sido concebido desde el principio. La Providencia, que allí donde señala el camino no siempre lo hace recorrer, parece complacerse en disipar incluso los piadosos sueños y los ardientes deseos que el cielo inspira, del mismo modo que el sol, al ascender hacia su cenit, disuelve y dispersa las rosadas nubes de su aurora. Francisca había soñado con todo el Lejano Oriente. Pero Dios trastocó sus planes, y todo Occidente, sobre todo el Lejano Occidente, de un polo a otro, se convirtió en el vastísimo continente de su apostolado. En sus ardientes sueños había visto a los paganos de la civilización más antigua, adoradores de ídolos; su campo de acción estará, en cambio, en el seno de la civilización moderna de Europa y ultramoderna de las Américas, entre los cristianos y, particularmente, entre los cristianos indiferentes, adoradores de los bienes y los placeres materiales. Allí la gran mujer misionera hará primero presentir, luego conocer, adorar, amar y servir el Corazón de Jesús, de cuya devoción llega a ser la más fiel y eficaz propagadora, más y mejor de lo que jamás hubiera pensado, aspirando a ser en todo lugar dispensadora de sus beneficios, como un vivo reflejo de Su bondad. El consejo divino que la guía convierte órdenes y contraórdenes, ocasiones aparentemente fortuitas, favorables o desfavorables, apoyos que se ofrecen, hostilidades que se oponen y miserias que se encuentran, en otros tantos instrumentos providenciales que, mientras a cada instante desconciertan y trastornan sus proyectos y sus planes, los sustituyen por obras incomparablemente más bellas y mejores en su innumerable variedad.
¿No parece tal vez desconcertar todas nuestras expectativas contemplar, al principio, su impaciente celo confinado entre las cuatro paredes de una pequeña escuela municipal de pueblo? Pero no temáis: de las cosas más pequeñas nacen aquellas que alcanzan la mayor grandeza. En aquella humilde escuela resplandeció ante la religiosa maestra el destello de la educación de la juventud, que le abría e iluminaba una inmensa visión del futuro y un horizonte que la cautivaba, en el que veía surgir la escuela, el orfanato, el taller de Codogno y, en Codogno, la cuna del gran Instituto ya trazado en los designios divinos. Luego, la escuela normal para formar e instruir a jóvenes maestras, que multiplicarían así su propia acción y la de sus hijas. Codogno fue, por tanto, para Francesca Cabrini y su Congregación religiosa, el Oriente soñado, que desde la caridad de Cristo, ajena a las fronteras y que todo lo abarca, se transformó en un pensamiento en favor de Occidente. Contemplad el vuelo audaz y laborioso de ese pensamiento, que desde Codogno atraviesa Europa, cruza el Atlántico y llega a personas que allá, como el sol, lo esperan. Es un Oriente que derrama luz, es un pensamiento que se difunde, es un río que, desbordándose, derrama sus aguas por todos los caminos y todas las regiones de la convivencia social. Es un maravilloso florecimiento, fecundo y expansivo, para todo tipo de escuelas y para todos los niveles de enseñanza, en Milán, en Roma, con fundaciones que se suceden más o menos por toda Italia. Pero de Italia a América, tras su llegada, Francesca aspira a empresas mucho más amplias y numerosas ante las colonias de emigrantes italianos, en las que le parece ver otras tantas “pequeñas Italias”, donde la labor educativa ya no basta para las necesidades y las penurias. Todos acuden a ella, en la que admiran el genio cristiano de la bondad y la caridad: a las peticiones de todo tipo hay que responder con obras de todo tipo. Así, a las escuelas pobres y a los colegios de enseñanza superior se suman los oratorios festivos, los orfanatos, luego los hospitales y las clínicas, después el apostolado en las prisiones, el apostolado en Alaska y, durante la otra guerra mundial, el cuidado de los soldados y los heridos, de quienes acoge a las niñas. Cuántos viajes, que para ella se convierten en misiones, donde su celo siembra y edifica, se expande y llega con ternura a las grandes damas de París y de Madrid, a las huérfanas pobres de la aristocracia española, a las pequeñas emigrantes italianas de Londres y, como una sonrisa de sus primeros sueños, a los “mosquitos” de las reservas indias de América Central.
Su pensamiento se elevaba en el hacer el bien, pero no menos se ampliaba en ella, dilatando su corazón, la sed de almas, que una vez hizo escribir a nuestra Santa: “Siento que el mundo entero es demasiado pequeño para satisfacer mis deseos”. Al leer estas palabras, me vinieron a la mente, por razones de contraste, aquellas que Shakespeare pone en boca de Porcia (El mercader de Venecia, I, 2): “My little body is aweary of this great world”. ¡Mi pequeño cuerpo está cansado de este gran mundo! En Francisca se manifiesta el ardor de celo y santidad, que quiere abrazar al mundo entero, demasiado estrecho para sus anhelos; en Porcia se representa la estéril tristeza de muchos corazones femeninos, que, aun en medio de la sobreabundancia de las riquezas terrenales, sienten el tedio del mundo y no saben elevarse a mayores alturas.
 
Fervores místicos
4. Oh profanos, que no poseéis nociones de las cosas de Dios, no os maravilléis al ver a esta mujer de acción multiforme unir a su vida exterior, tan agitada y laboriosa, una vida interior y contemplativa de rara intensidad y fervor. Aquí está verdaderamente el secreto de su prodigioso apostolado. Abrasada por el contacto permanente con el Corazón de Jesús, autor de la gracia, y con el Corazón de María, madre de gracia, llevaba en su corazón aquel fuego ardiente que nunca dice: “basta” (cf. Prov 30, 16), y que desde su primera juventud la conquistó para la piedad, la devoción y el servicio de Cristo, a quien se consagró con admirable generosidad. Una vez convertida en religiosa, su inteligencia se abrió y se extendió a nuevos pensamientos y, superando todo cuanto la rodeaba, concibió en la oración aquella gran idea que debía convertirla en madre de una nueva congregación de hijas amantes del Corazón de Jesús. A la oración añadió el estudio de las constituciones religiosas y de insignes obras ascéticas, y escribió su propia regla, llamándola de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, título que supo defender y mantener con sabia firmeza. Porque en este título vibraba aquel celo por la salvación de las almas, que, encendiendo su corazón, la impulsaba a la oración y a ofrecer también todo sufrimiento, dolor y acción en cualquier parte del mundo para reunir fieles adoradores del Divino Corazón.
Entre sus virtudes heroicas, la más heroica era en ella la caridad de Cristo. Su corazón, libre de todo apego a sí misma y a las cosas del mundo, encontraba toda su riqueza, paz y felicidad en Cristo, que estaba y moraba en su alma, mientras que su alma permanecía en el Corazón de Jesús. ¡Qué unión íntima y sobrehumana la unía a su Amado, a quien adoraba en los altares, exaltándose como en éxtasis contemplativo ante Él! 
Quienes la contemplaban creían ver en ella un serafín del cielo, sublimada en Dios y ya ajena a las preocupaciones de esta tierra. Pretendía encender a sus hijas con ese amor eucarístico, infundiéndoles una confianza ilimitada en el poder del Corazón de Jesús, para transformarlas en almas semejantes a la suya y hacerlas obedientes, tranquilas, dispuestas y prontas para cualquier tarea y esfuerzo que exigiera la perfección de la obra y de la vida religiosa. En su labor de Superiora sabia y conocedora de las múltiples ramas de la enseñanza y de los diversos caracteres de la juventud femenina, guiaba a las directoras de las escuelas, de los internados y de cada casa por ella fundada con mano generosa, con advertencias iluminadas, con esa dulzura y serenidad de modales que hace agradable incluso cualquier observación aparentemente severa.
La mansedumbre y la humildad de corazón las había aprendido profundamente Francisca del divino Maestro en aquella gran lección: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11, 29). Por eso quiso que en su estandarte se escribiera: “Imitación de Cristo; abnegación del amor propio; custodia del corazón; los tres sagrados vínculos de la obediencia, la pobreza y la castidad”. Así, el Corazón de Jesús fue dado por ella a su Congregación como modelo divino de perfección, que debe alcanzarse con las victorias sobre el amor propio y con la custodia del propio corazón; y en esa vigilancia sobre los afectos y en el trato también con sus hijas, y no solo con las personas externas, la virtuosa madre esparció a lo largo de toda su vida, en todas las circunstancias, en todos los lugares de aquí y allá del Atlántico, ejemplos admirables de virtud, de moderación y de afabilidad vigilante. Con qué materna sabiduría amonestaba y formaba no solo desde el noviciado a sus hijas, sino también a las niñas y estudiantes de sus múltiples y variados colegios, escuelas e internados, lo atestiguan muchas de sus cartas y diversos escritos, en los que la gran mujer manifiesta de modo vivo su espíritu, su prudencia, sus aspiraciones de obras y de virtud, sus altos propósitos de un progreso cada vez más ardiente en la santidad religiosa y en la acción educativa y benéfica, todo ello sostenido por la plena confianza en nuestro gran predecesor León XIII, cuya “filiación” le daba fuerza y valor, y la certeza de contar con el espíritu de Dios, como había oído de él.
Entre las santas de nuestra época, Francisca Javier Cabrini destacó no solo por su incansable laboriosidad y caridad hacia todos los pobres y desdichados, sino también por todas aquellas virtudes que hacen de una Superiora religiosa el modelo de su Congregación y de las reglas que ella misma dictó para sus hijas. Como maestra y súbdita en el enseñar y en la práctica de la obediencia —dicho sea de paso, cuando era superiora y daba órdenes a las demás, se encargaba ella misma de los oficios y servicios más humildes— amó profundamente la pobreza, aquella pobreza de espíritu a la que Dios suele conceder además los bienes de esta tierra, necesarios para la vida y para las necesidades de sus obras de bien. 
La fe, que obra por medio del amor (Gálatas 5, 6), en la esperanza de la recompensa eterna en una vida más allá de este mundo, animó, guio y sostuvo siempre su espíritu en su grandiosa actividad como Misionera del Corazón de Jesús, hasta que este mismo Corazón le concedió descansar eternamente en las llamas de su divino amor.
Invitación celestial
5. Falleció en América, en las llanuras de Illinois, cerca de Chicago, el 22 de diciembre de 1917, casi en vísperas de la Navidad, de esa muerte tranquila y pacífica, sin espasmos de agonía, con la que una repentina llamada celestial transforma a veces, en los santos, la tierra del exilio en la bienaventuranza de la recompensa. Francisca no interrumpió al morir la vida que había llevado aquí abajo: aquella unión de amor espiritual inmaculado, que desde su juventud la había unido como esposa al Corazón de Jesús, la continuó más allá de la tumba a los pies del Rey de los siglos, en la gloria de la Virgen Inmaculada, en medio de los santos, donde se asienta como patrona celestial de su y vuestra Congregación, oh, queridas hijas, e intercesora de gracias para vosotras y para cuantos la invocan desde Oriente hasta Occidente. Hijas de tal Madre, alzad la mirada al cielo, contempladla en los esplendores que la rodean, esplendores de todas aquellas perfecciones y de aquellos carismas divinos que vosotras, en ella viva aquí abajo, habéis admirado.
¿Qué consejo más precioso podrían daros Nuestros labios y Nuestro afecto? Miradla: estudiad el camino que ella ha recorrido para guiaros aquí abajo y conduciros a seguirla allá arriba; es el camino del espíritu de Dios. Le suplicamos que obtenga para vosotras ese mismo espíritu, que os enseñe a obtenerlo en abundancia cada vez mayor de la misma fuente, el Corazón de Jesús. En esa fuente divina encontraréis a vuestra Madre y, con vuestra Madre, el vigor y el valor para seguir el mismo sendero, en el que ella os ha dejado sus santas y gloriosas huellas.
Mientras tanto, confiando en que este espíritu os hará continuar y hacer crecer la obra que ella os ha legado, impartimos a vosotras, queridas hijas, a todas las personas y cosas que están bajo vuestra dirección, a vuestros benefactores y a todos aquellos que os prestan ayuda y apoyo en todo el bien que realizáis en el mundo, con especial afecto, Nuestra paterna Bendición Apostólica.
*Discursos y mensajes radiofónicos de Su Santidad Pío XII, 
 Octavo año de pontificado, 2 de marzo de 1946 - 1 de marzo de 1947, pp. 159-168
 Tipografia Poliglotta Vaticana (Imprenta Poliglota Vaticana)
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