Este sitio utiliza cookies analíticas para recopilar datos de forma agregada y cookies de terceros para mejorar la experiencia del usuario.
Lea la Política de privacidad completa.

La nostra Congregazione

07 julio 2026

80 años de la canonización de Francesca Cabrini

80 años de la canonización de Francesca Cabrini

La hermana Annunziata Marchese MSC, testigo directa de la canonización de la Madre Cabrini

Las palabras que se presentan a continuación son un testimonio escrito que nos dejó la Hna. Annunziata Marchese MSC en 2021 en Codogno.

 

La hermana Annunziata nació el 1 de febrero de 1925 y falleció el 12 de marzo de 2023. Pasó los últimos años de su vida en la comunidad del Sagrado Corazón de Codogno, en Italia.

En el video al final de su testimonio, nos contó más sobre su vida misionera.

S. Angelo, 7 de julio de 1996

 

Fui acogida (en Roma) en el Instituto de las Misioneras del Sagrado Corazón, que encontré en ferviente espera de aquel acontecimiento que la Iglesia había fijado: la glorificación de la Fundadora. Yo, sin embargo, llevaba en mi corazón una carga de tristeza: aún estaba viva en mí la tragedia de aquella guerra que había devastado el mundo. Persistía el eco de los bombardeos aéreos, de los boletines de guerra, de las noticias de los mártires en los frentes: familiares y compañeros que ya nunca regresaron. Había visto a mi alrededor el espectro del hambre, las penurias y las pruebas infligidas por una guerra que parecía no tener fin. A menudo me preguntaba: ¿cómo pueden los poderosos de las naciones decidir una guerra? ¿Por qué tanta absurdidad? La historia me parecía un cúmulo de odios, de venganzas, de crueldades, de violencias. ¡Sin duda, la guerra de 1940-1945 marcó a las generaciones de aquellos años! ¡Yo era una de ellas!

Pero llega una fecha: 7 de julio de 1946. Estoy en San Pedro, la primera vez que cruzo ese umbral.

El templo, centro de la cristiandad, estaba inmerso en un mar de luces. Una multitud que aclamaba a Dios abarrotaba la basílica; desde la región de Lodi había acudido una marea de gente. La procesión papal era una visión que me llenaba de asombro. Las notas de Perosi resonaban majestuosas bajo la cúpula de Miguel Ángel. A la Madre Cabrini le fue concedida la gloria de Bernini, porque “el Señor corona a los humildes con la victoria”. 

¡Un acontecimiento de Luz!

Allí, en aquel templo, aquel día, sentí latir el corazón de la Iglesia. Me parecía estar en otro planeta. Era la primera canonización tras los horrores de la guerra.

Sumergida en aquella celebración, vi desplegarse ante mi espíritu una visión histórica mucho más amplia. La historia se me revelaba ahora como el ámbito de la acción salvífica de Dios. 

A pesar de que ésta lleva las marcas del egoísmo humano, el hilo de la Providencia se inserta en el tejido de los acontecimientos humanos y se hace presente con sus santos.

Ellos escriben su propia historia, que se mezcla como levadura, como profecía, en la historia universal, y ofrece amor, entrega, servicio.

Los santos son lo más bello que puede tener esta tierra.

Los santos son los centinelas de Dios que, desde las tribunas más dispares de las situaciones humanas, proclaman el Evangelio con su vida a la humanidad que a menudo anda a tientas en la oscuridad y necesita a Dios.

Por eso son los verdaderos benefactores de la humanidad.

La Madre Cabrini representada en un gran lienzo era elocuente.

Las palabras del papa Pío XII, que definió la historia de Cabrini como “una obra admirable”, desplegaron ante mi espíritu una visión luminosa de la vida.

Salí de San Pedro entusiasmada, confirmada en el compromiso de mi entrega a Cristo, mientras percibía que la vida consagrada está en el corazón de la Iglesia. 

Esta frágil mujer, hija de esta tierra de Lodi, hace suyo el lema paulino “Todo lo puedo en aquel que me fortalece” y, con la fuerza de Dios, se inclina sobre las miserias de nuestro pueblo en la diáspora y lleva a cabo lo que los sistemas políticos a menudo no saben ni planificar, ni mucho menos realizar. 

Más allá de todos los nacionalismos, puede afirmar: “Mi nacionalidad está en el corazón de los pobres, de los pobres que son el pueblo y el alma de mi fe”.

La glorificación de Madre Cabrini, vivida como un acontecimiento eclesial, me hizo percibir que la guerra es un absurdo; la lógica evangélica, cuando informa y conquista las conciencias, genera santos, humaniza la convivencia humana y hace florecer la fraternidad, la justicia y la paz.

Pero aquel día, otra reflexión tomaba forma en mí. Veía en la Madre Cabrini a la mujer realizada. La cuestión femenina aún no había estallado, estaba sumergida, pero existía. 

En esta apóstol de los dos mundos percibí que, más allá de todas las disquisiciones sobre el papel y los ministerios de la mujer en el tejido eclesial, ella está llamada a hacer presente en el mundo la ternura, la compasión y el amor de Dios.

A la mujer le corresponde dar a la Iglesia ese rostro, esa dimensión femenina de la que careció en siglos pasados.

Quizás en tiempos de Madre Cabrini estos conceptos no eran explícitos y mucho menos se debatía sobre ellos, pero las santas los vivieron, los tradujeron en vida. 

Para nosotras hoy las cosas están más claras y estamos agradecidas a Juan Pablo II por habernos hecho descubrir el genio femenino, que es la riqueza de la mujer y el secreto de su presencia constructiva en la Iglesia y en todos los ámbitos de la existencia humana.

Como Madre Cabrini.


Hna. Annunziata Marchese 

Testigo de la canonización

Año 1946

Mira el video con subtítulos en ESPAÑOL y PORTUGUÉS

COMENTARIOS